Rompiendo el lugar común: a golpes de poesía
El lugar común
El llamado “lugar común” es uno de
los escollos más difíciles de vencer en el afán de originalidad de la creación
literaria. Es, sin duda, el primero al que se enfrenta el escritor. Poder
trascenderlo, es, ciertamente, cuestión de sensibilidad, una sensibilidad
macerada en la disciplina, aguzada por el conocimiento de ciertas estrategias
que pueden orientar al instinto, al don creador. En este apartado se propone un
ejemplo, entre muchos susceptibles de ser elaborados para el mismo fin, de este
tipo de estrategias. Trabajaremos con tres refranes populares, tomándolos como
representativos del lugar común, por ser fácilmente reconocibles, y por lo
tanto, útiles en nuestra dinámica, cuyo objetivo es demostrar que es posible
construir modelos teóricos y didácticos para el desarrollo de la creación
literaria.
El refrán[1]
o frase popular es rico dentro de un contexto, pero resulta pobre cuando nos
llenamos de este tipo de recursos para expresarnos porque están gastados y no
permiten expresar el matiz particular. Son frases gruesas, “comodinas” y poco
específicas. Una de las principales acepciones del término groserías[2]
se refiere a palabras cuyo grosor es tal, que todo cabe en ellas; es decir,
para efectos literarios no se dice nada, o se dice muy poco.
Cuando decimos que una frase es un “lugar común”, nos
referimos a que es trillada porque todo mundo la usa. Recordemos que este
término viene de antiguo, cuando el común era el excusado público. Uno
decía: “Vamos al común”, que era el lugar en el centro del pueblo donde se
colocaba una larga tabla llena de agujeros para que se sentara la gente y
defecara mientras conversaba.[3]
Se le llamaba
así, sencillamente porque era el lugar al que todo mundo tenía que recurrir,
sin distinción de edad, sexo u ocupación; el lugar de la comunidad, el recurso
necesario, inevitablemente humano. De ahí que la frase “lugar común” nos sirva
para señalar fórmulas verbales que todo mundo usa, por una especie de ley del
menor esfuerzo, para no crear, de modo individual, una expresión propia.
Una vía para
romper el lugar común en la expresión es lograr variantes y matices. La
originalidad per se no existe; ser original significa, como su nombre lo
indica, volver al origen[4]
para abrevar de ese manantial y recrearlo de nuevo. La originalidad depende de
la capacidad de descubrir diferentes ángulos en un mismo hecho.
Pongo aquí el
énfasis en la originalidad, precisamente para desmitificarla como búsqueda
principal, casi obsesiva, del autor literario. Uno de los argumentos que más se
utilizan vox populi para desencantar a los jóvenes escritores es el que
afirma que “Homero ya lo dijo todo”, así que más vale proteger a los árboles,
es decir, no usar el papel en vano. Creemos aquí, por el contrario, que no se
ha dicho todo, pues mientras siga habiendo humanidad, habrá, siempre, algún
cambio, aun infinitesimal, en la mirada para contemplar el mundo y en la manera
de expresarlo. A veces, ese humilde cambio se halla, paradójicamente, mirando
de otra manera aquello que ya se ha dicho innumerables veces por toda una
comunidad.
1. Farol de la calle y oscuridad de
su casa.
Vamos a romper
el lugar común cambiando estas palabras clave por otras parecidas, es decir,
por sinónimos:
FAROL OSCURIDAD
lámpara ------ tiniebla
luz ------------- negrura
antorcha------ noche
Esta pequeña
variación ya nos permite armar frases como las siguientes:
Lámpara de la calle y tiniebla de su
casa.
Luz de la calle y negrura de su
casa.
Antorcha de la calle y noche de su
casa.
Pero también podemos cruzar las nuevas palabras clave
en diagonal:
Lámpara de la calle y noche de su
casa.
Antorcha de la calle y negrura de su
casa.
Luz de la calle y tiniebla de su
casa.
Matices más complejos se logran cuando usamos
sinónimos no sólo directos, sino también simbólicos; es decir, aquellos que
conservan la función principal del concepto, aunque cambie su significado
contextual:
FAROL OSCURIDAD
vela ----------- tumba
alma ---------- infierno
pasión ------- desierto
Entonces,
podemos armar frases como las siguientes:
Vela de la calle, tumba de su casa.
Alma de la calle, infierno de su
casa.
Pasión de la calle, desierto de su
casa.
O cruzarlas al
gusto:
Alma
de la calle, tumba de su casa.
Pasión
de la calle, infierno de su casa.
Vela
de la calle, desierto de su casa.
También podemos
cambiar las demás palabras por otras parecidas o asociadas. En la primera
frase, por ejemplo, sustituimos también el segundo sustantivo de cada miembro:
calle y casa, por sinónimos simbólicos:
En vez de calle: paisaje
En vez de casa: corazón
Alma del paisaje, tumba de su
corazón.
Así
sucesivamente, hasta lograr de un mismo refrán varias frases literarias, cada
una de las cuales, expresa un matiz diferente ante la misma acción:
Alma del paisaje, tumba de su corazón.
Pasión del movimiento, infierno de
su sitio.
Vela del camino, desierto de su
cuerpo.
FRAGMENTOS DE MI LIBRO:
DESNUDANDO A LA MUSA: ¿QUÉ HAY DETRÁS DEL TALENTO LITERARIO? Colección El Centauro, CONACULTA
[1] “Dicho agudo y
sentencioso de uso común”, DRAE, p. 1120.
[2] De grosero:
“Basto, grueso, ordinario y sin arte”, ibid.,
p. 678.
[3] Dos de las
acepciones de la palabra “común”, que aquí nos interesan, son: “Bajo, de inferior clase y
despreciable”, y “Retrete, lugar para las evacuaciones”, ibid., p .334.
[4] “Principio,
nacimiento, manantial, raíz y causa de una cosa”, ibid., p. 949.
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