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Poemando un grito desde el silencio

Comparto este poema que acabo de publicar en Voz de la Tribu, revista de la Secretaría de Extensión Académica de la UAEM (Morelos) 

El silencio es también un grito ahogado que sólo el poema puede expresar cuando no hay quien escuche

¡AYOTZINAPA!
Ethel Krauze

Alguien toca a la puerta.
            Cimbra.
            Cimbra.
Dicen que el huracán ha vuelto con su cuerpo de toro y su trompeta de agua
a revolcarse con los montes.
Aquí sólo contamos gotas.
Contamos agujeros en el cielo.
                        Contamos muertos.
Alguien toca a la puerta.
Una piedra candente traspasa la ventana.
            Nosotros estamos viendo un documental en la televisión.

No quitamos la cadena.
No es seguro.
Apuntamos un ojo tuerto hacia la grieta imposible de cubrir.
            Terca grieta como culo por donde a todas horas se cuela el ulular.
Viene el candor de una vela, sólo el candor.
No alcanzamos a divisar su trepidante corazón azul.
¿Quién toca?
No molesten.
Es hora de cenar.

No queremos mentir. Mentirnos.
Por eso mantenemos cerradas nuestras puertas.
Y si se puede,
las ventanas.
Y sí, se puede.
Otra vez.
Otra puerta.
            No es un buen momento.
No ahora.

Celebraremos el Día de Muertos
con flores y retratos,
con pan de azúcar
y calaveras de chocolate.
Celebraremos.
No tenemos prisa.
Las cosas en esta humanidad son lentas,
                        para sentir cada una de sus piedras.

No sé por qué escribimos
                        un poema con paletadas de tierra.
Por qué escribimos, siquiera.
Podríamos sentarnos a tejer.
Alguien toca a la puerta.

Podríamos escuchar canciones rancheras
                        valses
                        marimbas.
Palos de lluvia.
No.
Alguien toca a la puerta.
¡Qué insistencia!

¡Quién vive!
Nadie.
Son los muertos de paso
                        con su calaca sin dientes.
La llorona y el espanto.
No los escuches.
Mienten.
Mienten.

El cielo huele a limo
            huele a infierno.

¿Y si tocan de nuevo?
¿Y si quitamos las puertas?

¡Ay, no dejan en paz esos motores!
Pajarracos en vela zumbando por los cuatro costados:
            Se los llevan. Se los llevan.
Cierren bien la puerta.
Haz la tarea.
            Cantemos.
            Roguemos.

Alguien se ha colado por los intersticios.
Sentimos el roce de una respiración
            como una pluma de paloma
                        o un trasgo de hojarasca repentino.
No nos movemos.
Ya no tenemos espacio en la sala
                        ni en el comedor.
Seguramente es sólo un alma en pena
que se ha desorientado.
Apaga la luz para que encuentra la boca
                        a la que pertenece.

No queremos abrir la llave todavía.
No ésa.
¿Qué sería de nosotros?
Seguramente flotaríamos boca abajo
en la piel de nuestras lágrimas:
                        esa agua acíbar que brota de las fosas.

Pronto, corramos a escondernos bajo el piano.
Ya vienen. ¿No los oyes?
Son los llorones
                        son los nuevos espantos.
No estamos acostumbrados a sus hachas en la lengua,
a la antorcha que brota de su pecho.
Forman jaurías hambrientas
y relumbran sus blancos ojos al acecho:
Son padres que buscan a sus hijos
debajo de cada piedra,
detrás de cada sombra que silba,
en las células de cada calavera.
Echemos los mil cerrojos
y atranquemos bien la puerta.

¿Qué hacen buscando bajo tierra
            hurgando en basureros,
                        descosiendo caminos y ciudades?
¿Qué buscan que no encuentran?
A todos se nos fue de entre las manos
                        (aquello que buscamos).
Lo tuvimos.
No sabemos cómo llamarlo.
                        Nos quedó el desamor.

Los muertos suben y bajan,
cantan canciones amargas.

Alguien toca a la puerta.
Ahora ya lo sabemos:
                        es el horror.
Es el horror en su prístina pureza.
Viene en tumbos de ciego
                        haciendo sonar su escalofrío
                        detrás de cada oreja.
Trae los dientes calcinados
y el esternón carcomido.
Viene arrastrando cadenas
en los patios y azoteas.
La tierra no se conforma.
Tiembla.

Apenas ayer
                        eran muchachos
con su nombre y apellido.
Hoy, sólo humo,
un pedazo de hueso.
Pulsos de mitocondria bajo el microscopio.
Pero eso sí:
baila bajo el sol meticuloso
el plástico de las bolsas en que los metieron.
Espejea,
forma un ojo en el cielo circular:
un reverbero de luz partido
                        en arcoíris.
Porque el paisaje es así,
cambiante
hermoso,
y no conoce el twitter
ni le afectan las conferencias de prensa.

Y el cuerpo dura y dura.
El cuerpo es árbol y es semilla.
                        No basta el fuego,
                        no basta el filo del machete.
El cuerpo es un zafiro
                        es una estrella.

El cuerpo es nervadura
                        es mapa
                        cauce
                        lúpulo,
                        es aliento que vuela.
Nada puede cortar su sangre
ni sus venas.
Nada detiene el corazón que espera.

No,
nadie puede quemar
cortar
segar
desmenuzar la rebelión de pájaros que han tomado el horizonte.
Nadie puede arrojar al río
                        los signos de su vuelo,
ni ocultar en bolsas negras de basura
                        las alas dulces de la vida.

En la orilla del horror
                        no vamos a creer.
En la orilla del río en la orilla del fuego
                        no vamos a creer.
En las bolsas del miedo.
No vamos a creer.

El mundo es un mundo de cenizas.
Un mundo triste de cenizas.
Un mundo cubierto
                        cubierto de cenizas.

Todo se cae
                        y todo se comparte.
Todo se quiebra.
Todo se vuelve tierra
                        tierra
                        tierra.





Cuernavaca, noviembre 2014-febrero 2015
           




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