POEMAR ES UN MILAGRO
QUE OCURRE
A DIARIO...
En las catacumbas o en el santuario
el poeta recoge la flor del eterno vertedero,
así sea la flor del mal que huele Beaudelaire en el alma que sufre
o la necesidad de amor
de una muchacha ebria en un bar.
Aquí, una forma de nombrarla:
LA MUCHACHA EBRIA
Este lánguido caer en brazos de una desconocida,esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.
Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.
Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.
¡Por la muchacha ebria, amigos míos!
Efraín Huerta
Los hombres del alba, 1944
Y tú: ¿cómo le cantas a ese instante?
Esto es poemar, señores,
esto es poemar, señoras.
Simplemente, sublime. Arriba la poesía, a seguir poemando.
ResponderBorrarMil gracias falta fuerza para decirlo
ResponderBorrarSon lecciones dificiles
todo y nada dejan marcas
Que se borran
En la piel de aquellos besos
Con sabor a manzana
Prohibida del Parsiso