NO TEMAS, LA METÁFORA TE ESPERA EN LA OTRA ORILLA DEL SILENCIO...
Lancemos la primera palabra
Gianni Rodari dice que la adivinanza es un ejercicio
tanto de lógica como de imaginación, y la clave es la metáfora. Comúnmente hay
un verbo cuya acción suele metaforizarse; la búsqueda y el hallazgo del
significado original constituyen el ejercicio adivinatorio y su feliz
resultado. Por ejemplo: “Baja riendo y sube llorando, ¿qué es”: el cubo de agua
en el pozo. Los verbos originales, tácitos, son “chirriando” y “goteando”.
Aunque Rodari no lo explica con detalle, resulta concluyente que en la primera
sustitución prevalece el sonido que se parece a la risa como objeto de la
metáfora; en la segunda, el significado del llanto que se desborda como agua
que chorrea: “el análisis nos ofrece, pues, esta secuencia:
extrañamiento-asociación-metáfora”
Rodari
propone cuatro operaciones para formular esta específica forma de
metaforización:
1. Extrañamiento
2. Asociación y comparación
3. La metáfora final
4. Dotar de forma atrayente a la definición misteriosa
(no indispensable)
Considero que estas operaciones o pasos resultan
particularmente funcionales para ser utilizados en la construcción general de
una metáfora, a través de un esquema didáctico que he elaborado y que a
continuación expongo:
El proceso de construcción de la metáfora puede ser
concebido a través de tres pasos o fases:
1. El extrañamiento
Separo la
palabra del objeto al que voy a metaforizar.
EJEMPLO:
Palabra: Una
pluma para escribir
Objeto: La
figura física, concreta, de la pluma
Ahora debo describir ese objeto
como si fuera un ente extraño, sin nombre, sin significado, sin historia, sin
contexto, reducido a un uso literal:
Utensilio cilíndrico que deja una marca al ser frotado
sobre una superficie.
Éste es el proceso de
“extrañamiento”, es decir, de volver extraño al objeto una vez que ha sido
separado de la palabra que lo nombra y lo significa, para quedar, pues, sin su
función habitual.
2. La asociación
Asocio ese objeto extraño con otros objetos o
fenómenos que me son familiares. Para esto, primero voy a analizar la
descripción que hice de él:
Utensilio cilíndrico que deja una marca al ser frotado sobre una superficie.
Advierto que esta descripción está
constituida por tres partes en las cuales puedo descomponerla:
A-Utensilio cilíndrico (qué = descripción)
B-Deja
una marca al ser frotado (para qué = función)
C-Sobre
una superficie (dónde = objetivo)
Ahora
tengo tres elementos clave para establecer mis asociaciones:
EJEMPLO
A.Aguja
B.Bordado
C.Tela
Tengo ya
una asociación completa:
La
aguja borda un paisaje sobre la tela. (Algo hace algo en algo)
3. La recuperación
Una vez hecha la asociación, recuperamos la palabra
original del objeto y metaforizamos su función, trasladándola a un sentido
figurado en virtud de la comparación tácita:
Mi pluma escribe este
poema con la minuciosidad de una aguja que borda un paisaje sobre la tela.
Aunque técnicamente se
trata de una “comparación” (porque se está comparando expresamente la pluma que
escribe con la aguja que borda), debo aclarar que estoy usando el término
“metáfora” en su sentido más amplio, con el objeto de señalar la función
constructora de propuestas originales que tanto la metáfora, como las
variaciones de la metonimia y la sinécdoque, cada una con sus específicas
formas, como la comparación, el símil, la alegoría y demás, logran para el
lenguaje literario. Prefiero el término metáfora,
en lugar de metábola por ser de uso más común.
Llevado estrictamente a
la metáfora, ahí donde la sustitución es total, la palabra “pluma” se omite y
la frase quedaría, por ejemplo, así:
Más que con palabras, este poema se escribe con la minucia de la aguja que,
entre mis dedos, borda un paisaje en la
tela de la página.
Gracias a la
construcción de la metáfora pudimos comunicar un matiz preciso al uso de la pluma,
al hecho de escribir. Ningún adjetivo simple podría darnos la riqueza de
expresión que la capacidad metafórica supone.
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