El prólogo es la bienvenida a la poesía:
Una invitación
Una convocación
Una forma generosa de poemar...
Comparto el prólogo del poeta Dionicio Morales, para:
Convocaciones, desolaciones e invocaciones
Ethel Krauze
UNAM, difusión cultural, 2015
Ethel Krauze: el
amor al desnudo
Dionicio morales
En
estos tiempos de cólera que vivimos, no sólo en México sino en el mundo, por
los desmanes –iba a escribir desmadres– meteorológicos, las guerras, las
enfermedades pandémicas, los secuestros, el narcotráfico, las muertes
impiedosas –entre otras cosas igualmente terribles y catastróficas que, quieran
o no, deterioran el espíritu y los modos de vida de hombres y mujeres en todo
el planeta–, la cólera secreta, esa que anida en el corazón y en el alma de
cada uno de nosotros, pese a los diluvios y naufragios que sabotean de vez en
cuando la vida pero que nos hacen sentir que no hemos estado muertos nunca, esa
cólera secreta que un día se convierte en alientos agónicos o en soplos de
temporal en las páginas de un libro en blanco, es decir vacío –como en la
novela de Josefina Vicens– y que como un espejo sin curvaturas nos transparenta
el otro rostro, que puede llegar a ser el verdadero, de pronto se retrae de las
cosas que trastocamos a diario y centrípetamente nos arrastra hacia un llamado
que no cambiará el modo de pensar o de sentir de las masas –lamentablemente–,
pero que sembrará la semilla o el grano de arena para que en la soledad de
nuestra lectura nos cambie para bien, a uno por uno, por dentro.
Por lo general, cuando de hablar de
una obra poética se trata, los críticos, los historiadores literarios, los
académicos, para clasificarla, recurren a los términos “vanguardia” o
“tradición”, aunque después se explayen hablando de la significación de sus
valores o de sus deficiencias, según sus puntos de vista, es decir de su lectura. Este libro, Convocaciones, Desolaciones e Invocaciones, de Ethel Krauze, autora
de Cómo acercarse a la poesía,
clásico contemporáneo elegido por la Secretaría de Educación Pública de México
como texto indispensable en las bibliotecas de aula y en las salas de lectura
del país, entre otras publicaciones, podríamos catalogarlo, en caso de que
fuera necesario, dentro de lo que se conoce en la literatura mexicana como
“tradición”. O como dice Jaime Sabines, dentro de los poetas que se tropiezan
con una piedra y dicen “pinche piedra”. Convocaciones, Desolaciones e
Invocaciones, está constituido por poemas seleccionados de otros
libros de su autora ya publicados y por poemas inéditos; en este sentido el
lector está ante una nueva visión y propuesta poética de Ethel Krauze, con sus
mismos elementos presentados de otra manera.
En la primera parte del libro, Convocaciones, la poeta, desde el punto de vista formal,
aborda sus temas, además de con una secuencia clásica –cuatro poemas escritos
en sonetos–, con versos de una gran musicalidad entrelazados con la habilidad
de quien conoce ciertos vericuetos de la creación, que ayudan, creo yo, a que
las razones y sinrazones amorosas, sensuales y sexuales, que no es lo mismo,
adquieran una mayor connotación expresiva de lo que desde el principio del
mundo conocemos como “canto”. En estos poemas de Ethel Krauze hablamos ya,
claro, de una poesía descarnada –encarnada– que como en los textos más
antiguos, háblese de cualquiera de las religiones que más fieles tienen en el
mundo, la expresión conlleva cierta naturalidad y una más fácil asimilación
para evitar desvíos conjeturales.
Sin que nos quebremos mucho la
cabeza para desentrañar los temas que la autora desarrolla a lo largo de este
libro, diremos que, una vez más, son los asuntos de siempre: amor, vida, muerte
–aquí no importa el orden– y Dios. En Convocaciones diremos que,
al principio, es un llamado a las estratagemas del recuerdo que en un tono de amor
que podríamos calificar de primerizo, va dibujando sus bocetos, el mapa
de la memoria que, como en un cuadro, será la base, el esqueleto de la figura,
es decir de lo que vendrá después. De pronto en los cuatro sonetos la música se
ciñe a su pentagrama y el lenguaje aparece un poco más audaz que al principio;
la expresión, pese a la prisión de la forma, o por ello mismo, busca liberarse
después de puntualizar los embates amorosos que dejan atrás un designio, para
aterrizar más tarde en la libertad que aspira a ser total. De “¿Recuerdas cómo era la lluvia/
cuando aún no nos besábamos?, pasando por “En tropel el amor viene cayendo/ en
tu cuerpo y el mío…, para llegar a “Qué bueno que soy así,/ abierta,/ ardiente/
y solidaria/ con las causas sagradas/ de la cama.”
A Desolaciones, la segunda parte del
libro, bastante nutrida en páginas, la ampara una palabra que podríamos llamar
vallejiana del todo. Esta sección del libro de Ethel Krauze me remonta a
ciertas discusiones académicas y, en contrapunto, también de cantina, sobre la
apreciación de que la literatura de cualquier parte del mundo está poblada, más
que de regulaciones amorosas satisfechas, de olvido y desolación, de dolor,
pues, de muerte, para llegar a lo último o lo primero de la vida. Nada es para
toda la vida, reza un dicho popular. Y yo agregaría que si esa cosa que muchos
llamamos felicidad pero que no sabemos a ciencia cierta qué es, o cuándo llega,
durara toda la vida, la vida, y por añadidura la literatura, estarían
incompletas, es decir huérfanas, porque aquí los excesos y los tiempos
transcurridos serían un desbordamiento inusitado o una irreprimible
contingencia.
En esta sección las desolaciones,
que no se deberían de calificar siempre de dolorosas, o que no provocaran nada
más nobles palabras compasivas, tendríamos que vivirlas como el inacabado
complemento de la felicidad, porque ella –la felicidad– es la raíz, el origen
primitivo de lo maravillosamente vivido, cierto, pero también es el antecedente
de esta parte que se considera negativa en nuestra existencia pero que nos hace
estar más vivos que nada, con las heridas agónicas, con los tristes
descalabros, con el alma en vilo y el corazón descarapelado. La poeta lo dice
mejor que nosotros: “No te he olvidado,/ mis dedos se refugian en las sombras/
persiguiendo memorias”.
Ethel Krauze incluye aquí –dónde más
que en desolaciones– un poema escrito a su madre muerta. Aunque en esto del
dolor –en este caso podríamos decir que es hacia adentro– cualquier consejo o
solidaridad con los deudos de pronto salen sobrando ante el inevitable
estruendo de la orfandad, siempre nos asombra que un autor, una poeta, comparta
a través de la poesía, de su poesía, que es lo más entrañable y próximo a su
vida, esta aflictiva
situación que se tiene que vivir en carne y alma propia y que no tiene paralelo
de comparación en lo que a la muerte se refiere. A veces estos poemas
pueden ser la última conversación con el ser más querido, o una regresión a la
vida vivida, compartida, y a veces padecida en compañía. Y si líneas arriba
hablé de un dolor hacia adentro, que es personal, íntimo, también podemos
hablar del dolor hacia afuera, como en el caso del poema de Krauze titulado ¡Ayotzinapa! Y este crimen que ha conmovido al mundo por lo
que significa de injusticia y de impunidad, de masacre, de orfandades, de
cielos oscuros y aguas muertas, de silencios olvidados, de sangre alucinada, no
puede pasar inadvertido para el corazón y el razonamiento de Ethel Krauze. Con
palabras sencillas pero ardientes, con entrega de amor y de reclamos, somos
partícipes de este dolor que, como el rayo de Vallejo, todavía no cesa.
La última parte del libro de Ethel
Krauze lleva por título Invocaciones. Y aquí
está Dios, como al principio. Es una plegaria de fe –no todas las plegarias lo
son– que lucha cuerpo a cuerpo con una determinación científica muy próxima a
la muerte. Es la voz dolorosa de un alma en cuya música celebrada dentro de los
cánones más exigentes, laten los últimos alientos devotos. Es la súplica de un
espacio de vida. Es la permanencia en el tiempo de la cosecha de los frutos
maduros.
Muchas gracias que fuertes palabras una poeta moderna de vanguardias.
ResponderBorrarSra. Krauze, me interesa recibir permiso para la publicación de tradduciónes de sus poemas en los Estados Unidos.
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